lunes, 27 de mayo de 2024

El futuro de la educación post-pandemia

 El futuro de la educación post-pandemia


La tecnología no es suficiente para educar jóvenes en un mundo pospandemia, se necesita una intersección entre ciencias y humanidades con fines de innovación.

Las condiciones impuestas por esta crisis sanitaria han llevado al rubro educativo a evolucionar rápidamente. Vimos el auge de las escuelas burbuja, educación híbrida y totalmente en línea. El impacto social y psicológico emocional de la pandemia en maestros, estudiantes y profesionistas fue notorio. Desde el burnout generalizado en el magisterio, como el éxodo laboral femenino y la salud emocional de los estudiantes, las ramificaciones a nivel macro de la pandemia siguen desarrollándose y serán tema de estudio a través de décadas por venir.

Más que un final marcado y definitivo del paso del COVID-19 por el mundo, en este punto del proceso se habla de una endemia. Esto quiere decir que el virus seguirá circulando, de la misma manera que lo hace la influenza o el SARS, pero el nivel de contagio será manejable y no estaríamos hablando de una continuación de medidas extremas, como el encierro.

En marzo del 2020, el futuro había desaparecido. Había quedado en suspenso. Solo teníamos presente. Nuestra sociedad, tan acostumbrada a vivir hacia delante tuvo, de repente, que empezar a vivir en un presente continuo. Muchos experimentamos de golpe la cotidianidad de millones de personas. Una cotidianidad caracterizada porque las incertidumbres superan con creces a las certidumbres y porque lejos de constituir oportunidades, como sostiene el discurso hegemónico, genera miedo, inseguridad, fragilidad y desamparo existencial.

El virus nos obligó, como dijo Naomi Klein, a pensar en las múltiples relaciones e interdependencias que sostienen nuestras vidas, y que habitualmente permanecen ocultas bajo el manto de un malentendido desarrollo y un bienestar basado en un consumo irrespetuoso, desaforado y voraz. Aquellos días se mostraron en toda su crudeza las desigualdades que nuestra normalidad produce, y se hizo visible la precariedad económica, social, material y vital con la que vivimos. Fuimos plenamente conscientes de nuestra vulnerabilidad y fragilidad, pero también de que esa vulnerabilidad no está homogéneamente distribuida, como no lo están la incertidumbre, el miedo o la esperanza (Sousa Santos, 2016).  

En el peor momento de la primera ola de la pandemia, cerca de 1.600 millones de estudiantes en más de 190 países, el 94% de la población estudiantil del mundo, se vieron afectados por el cierre de instituciones educativas. A día de hoy, pasado más de un año y medio, no hemos recuperado aún “la normalidad”, ni en la enseñanza obligatoria, ni en la enseñanza secundaria postobligatoria y superior. Lo que hemos vivido en los últimos meses no parece alentar el optimismo. La nueva normalidad aún está lejos, pero, salvo que hagamos algo, todo apunta que ésta estará más cerca de lo advertido por Klein que del entusiasmo transformador de las primeras semanas de confinamiento.

El efecto más visible para todos fue el cierre de las aulas y de las instituciones educativas en la mayoría de los países del mundo y en todos los niveles educativos. La pandemia estabilizó la contingencia, visibilizando y amplificando así una de las principales características de lo escolar, la fuerte dependencia de lo escolar, a pesar de décadas de ficción planificadora, de los contextos, lo singular, los imprevistos y la incertidumbre. En educación lo normal es que las cosas no funcionen como estaban previstas. Educar siempre implica asumir un riesgo. La pandemia nos ha metido la incertidumbre en los huesos. Para muchas personas ajenas al día a día de las escuelas, el primer aprendizaje ha sido que, tras la aparente quietud, estabilidad y similitud, se oculta, en realidad, un trasiego continuo y lo que es más relevante, unas diferencias entre escuelas, docentes, proyectos y contextos enormes.

Herramientas como You Tube o el propio Google, que ya se venían utilizando, fueron de pronto indispensables para poder dar una clase a distancia. Los docentes tomaron el toro por las astas y llevaron el ecosistema curricular a una expresión 2.0, utilizando aquellos recursos que estaban al alcance de la mano, y que terminaron resultando conductos potentes casi indispensables.

¿De qué forma Google entonces está cambiando la educación? “Desde hace más de 10 años, nuestro compromiso con la educación nació con la premisa de que todas las personas, educadores y estudiantes de todas las edades y etapas, merecen tener las herramientas y las habilidades que les permitan construir el futuro que quieran para sí mismos. Para lograrlo, trabajamos en cuatro pilares clave: capacitar a líderes de instituciones educativas y gobiernos para que lleven la innovación a la educación, empoderar a cada docente acercando herramientas de apoyo; y ayudando a los alumnos a sacar su máximo potencial. Además, buscamos equipar a cada estudiante con herramientas y habilidades digitales y finalmente, seguir evolucionando cada día escuchando y aprendiendo de los expertos”, dice Montes de Oca.

En Argentina, se sabe que más de 2.3 millones de usuarios pudieron acceder en 2021 a la educación gracias a las soluciones tecnológicas de Google for Education. “Esto es resultado del trabajo conjunto con instituciones, docentes, gobiernos provinciales y municipales y socios estratégicos. Queremos colaborar en la construcción de un modelo educativo que prepare a los jóvenes para su futuro. Pero sabemos que este proceso de cambio no se llevará de un día para el otro, sino que será un proceso a largo plazo, de capacitación, adaptación e implementación de nuevas herramientas y que requerirá del trabajo en conjunto con distintos sectores de la sociedad”, agrega la especialista.




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